Archivo de la etiqueta: familia

Domingos

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Esa copa de más, la que afila el ánimo en la noche, hizo que sus suaves manos agarraran mi muñeca, como una esposa cálida, y me sacaran a la puerta de ese pub irlandés. Sopló una bocanada de aire frío y ella sostuvo con gracia su gorro francés. Se produjo un beso de tantos y anduvimos unos metros riéndonos de nada. Su casa estaba cruzando la esquina. Sigue leyendo

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El científico fantasma

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Esta mañana el científico fantasma ha vuelto de hacer la compra y ha traído medio kilo de la mortadela con aceitunas que aborrezco. “¿No te parecen increíbles, esas aceitunas dispuestas aleatoriamente en esta perfecta rodaja de mortadela?”. Yo ya hace tiempo que he perdido el interés por las cosas insignificantes. Es algo que va ocurriendo con la edad. Cuando sólo era un niño todo me apasionaba. Soltar unas migajas a las puertas de un hormiguero consumía mi tiempo. Me quedaba atontado viendo como esos diminutos bichos, con su enorme fuerza arrasaban con cualquier alimento que a su paso se interponía: mis migajas, bichos muertos, ramitas o mugre -de la que algún sabor sacarían-. Recuerdo que a esa edad también estaba más sensibilizado, porque cuando Rafaelito pisaba ese majestuoso hormiguero, dejando en polvo a mis anónimos entretenedores, mi corazón se paralizaba en un pellizco, y la rabia se apoderaba hasta de mis uñas. Y después claro, de hostia en hostia en defensa de las hormigas, me caían semanas de burla. Pero todo se olvida y el que pisaba aquel hormiguero  murió en un accidente de moto hace unos cinco años. Quizás pisaba aquel hormiguero sabiendo que los bichos siempre te comen cuando estás muerto.

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Fotografías

Fotografías

Con la mayoría de edad recién cumplida, me encontraba sentada en la entrada de un estudio de fotografía de la calle Venus. Todo allí parecía anticuado. Los gigantescos marcos de oro colgados en aquellas paredes cercaban infinidad de rostros sonrientes que me miraban directo a los ojos, fingiendo una felicidad eterna, adoptando una artificial postura como la única posible. Llevaba diez minutos observándolos, esperando a que el fotógrafo, ausente sin motivo, reapareciera para fabricar unas cuantas estampas con mi rostro. Esperando, sin siquiera saberlo, a encontrar una fotografía que cambiaría mi vida para siempre.

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