Moscas

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Sabía que el cuento no estaba bien escrito, así que abandoné el lápiz a un lado, me levanté de la silla sin quejarme demasiado, y abrí la ventana del salón. Pensé que un hombre sencillo sin más anhelos que vivir la vida como medianamente le dejaran, no interesaría a ningún lector. Encendí el tocadisco –sólo escucho vinilos- y puse bajo la aguja un Greates Hits de los Creedence. Mi mujer apartó la mirada de su libro de psicología social para reprocharme en silencio tener que escuchar otra vez a Tom Fogerty.

Empezados los primeros acordes de Bad Moon Rising, la mosca entró. El caso es que el bicho empezó a hacer su ronda de reconocimiento. La observaba, concentrado en el desagradable sonido de sus alitas batir el aire junto a mi espacio vital. La mosca me había visto, había reconocido mi presencia, por lo que tenía ya las horas muertas programadas. Existe en estos animales el compromiso con el mundo, al igual que otros animales del planeta, en quebrar la paciencia y el bienestar de sus convivientes. Reflexionando esto, se posó en mi mano. Vi como sus patitas se clavaban en la zona baja de mi dedo índice. Pero yo no notaba nada. Anduvo por mi mano con esas zancas de alambre, detuvo el paso para pensar el siguiente, y rió en voz baja. Pero lo extraño era que mi cuerpo no sentía su presencia.

Cuando aparté la mirada de mi mano, vi como mi mujer comenzó a frotar el reverso de la suya. Cambió de posición hasta mi codo derecho, y ella rascó en su brazo el paso de la mosca en mí. De un manotazo espanté al insecto y desapareció. Recorrí el salón para ir al baño. A medio cagar descubrí que no tenía nada para leer, así que repasé con mirada crítica la variedad de productos para el cabello que mi esposa usaba diariamente. Hice lo que se suele hace después de cada obra y me posicioné delante del espejo para lavar mis manos y peinar mis cejas. El reflejo dibujaba mi rostro cansado con esa puta mosca entre nariz y boca. Me pareció tan curioso no haber descubierto antes que el insecto estaba ahí, que salí del baño portándola en mi cara.

Volví al salón y me senté junto a mi mujer. Ella hundía insistente las uñas en su labio superior. Carraspee, e hice entonces la pregunta: ¿Te molesta la mosca? Cerró el libro y me miró. Me molesta todo lo que hay en ti.

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