El científico fantasma

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Esta mañana el científico fantasma ha vuelto de hacer la compra y ha traído medio kilo de la mortadela con aceitunas que aborrezco. “¿No te parecen increíbles, esas aceitunas dispuestas aleatoriamente en esta perfecta rodaja de mortadela?”. Yo ya hace tiempo que he perdido el interés por las cosas insignificantes. Es algo que va ocurriendo con la edad. Cuando sólo era un niño todo me apasionaba. Soltar unas migajas a las puertas de un hormiguero consumía mi tiempo. Me quedaba atontado viendo como esos diminutos bichos, con su enorme fuerza arrasaban con cualquier alimento que a su paso se interponía: mis migajas, bichos muertos, ramitas o mugre -de la que algún sabor sacarían-. Recuerdo que a esa edad también estaba más sensibilizado, porque cuando Rafaelito pisaba ese majestuoso hormiguero, dejando en polvo a mis anónimos entretenedores, mi corazón se paralizaba en un pellizco, y la rabia se apoderaba hasta de mis uñas. Y después claro, de hostia en hostia en defensa de las hormigas, me caían semanas de burla. Pero todo se olvida y el que pisaba aquel hormiguero  murió en un accidente de moto hace unos cinco años. Quizás pisaba aquel hormiguero sabiendo que los bichos siempre te comen cuando estás muerto.

Nunca he tenido amigos. No por amor a las hormigas, sino por mis asuntos especiales, que ahora no comentaré porque pretendo que este diario se convierta en una novela infantil. Eso es lo que me dijo el científico fantasma. “¿No te parece increíble, todas tus experiencias dispuestas en tu mente sin ser plasmadas en un papel, con sus letras, sus tildes y sus os redondas y perfectas como las rodajas de mortadela?”. Al científico todo le entusiasma y siempre se pregunta el porqué de las cosas. Dice que es el único camino para conocer cada asunto. Su día a día está lleno de porqués para, acto seguido, darles una solución.

Yo le comento a mi madre lo que sucede, que quiero ser escritor, que mi amigo, el científico fantasma me ha expresado que sería buena idea que comenzara mi labor de literato. Que hablara sobre las hormigas y los bichos que te comen cuando estás muerto. Tranquilizo a mi madre concluyendo que no hablaré sobre mis asuntos especiales. Mi madre me besa la frente, en silencio  me da su aprobación, dice que no me excite y que me siente a ver la televisión mientras viene mi primo Joselito. Joselito suele venir con la videoconsola. Hoy es mi cumpleaños, y le he dicho a mi madre que quiero una videoconsola como la de mi primo Joselito. Y es que me siento muy apenado, porque tengo veintitrés años y mi primo que sólo tiene once, ya ha tenido una Sega Mega Drive antigua de su hermana, y también la PlayStation y la PlayStation 2. Ahora tiene una Xbox 360. Y yo nunca he tenido nada parecido. Mi sueño siempre ha sido tener una videoconsola, con muchos juegos de coches, y ganar con el Subaru de Collin McRae –que en paz descanse-  mientras mi primo observa envidioso como gano cada carrera.

Mi cumpleaños fue un desastre. Mi tía me dio un sobre con sólo diez euros, cuando acostumbra a darme veinte. Dice que ya soy muy grande. Joselito no me dejó jugar ni un segundo y eso que había dos mandos, y que en el juego –lo sé porque lo vi en la caja- pueden jugar hasta cuatro jugadores. Cuando vi en la cocina la tarta del Real Madrid que había en el escaparate de la pastelería de mi barrio me excité, cosa que mi madre dijo que no hiciera porque provoca que me orine en los pantalones. Le dije a mi madre que me había manchado y ella, lejos de ayudarme, comenzó a llorar, se fue a su habitación y cerró de un portazo. Le dije a Joselito que me ayudara y se burló de mi como aquellos asesinos de hormigas hijos de la gran puta.

Voy furioso a mi habitación y allí está el científico fantasma. Huele, siente el tacto, degusta su medio kilo de mortadela con aceitunas. “¿Por qué estás tan furioso?” me pregunta. Le explico lo sucedido. Él cierra los ojos y reflexiona durante diecisiete minutos y medio. Me dice que espere diez minutos más, que ya conoce el porqué y, por ende – fueron las palabras que usó-, la solución de mi problema.

Once minutos después salgo de la habitación. Todo está muy tranquilo. Mi madre ya no llora porque está dormida en el suelo de su habitación. Mi primo, vicioso del juego, se ha quedado dormido con el cable de la videoconsola anudado al cuello y mi tía, en la cocina, sangra un poco por la entrepierna. Cerda.

Llevo dos días aquí y mi familia no despierta. No paro de jugar a la videoconsola, he cogido del bolso de mi tía un billete naranja y dos verdes y, aunque me excito, nadie se enfada, ni llora. Debiera ser el mejor cumpleaños de mi vida porque he hecho lo que he querido, porque parece que mi amada familia ha entendido que necesito hacer lo que me apetece, aunque sólo sea en el día de mi cumpleaños. Todos duermen, no existen problemas, pero el científico fantasma ha desparecido sin decirme nada y, por ende -como diría mi amigo-, estoy muy triste. Él es mi único apoyo, mi media naranja. Supongo que se habrá entretenido buscando un poco más de mortadela con aceitunas. O eso espero, porque yo me acabo de comer, con algo de remordimiento, el último trozo de tarta que quedaba.

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2 pensamientos en “El científico fantasma

  1. Fantástico relato !! Muy bien llevada la historia para dejarnos con ganas de mas.
    Me encanta y te sigo
    Saludos desde el sur del sur de AndaluCái….

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