El otro amor

Amour (2012)

País: Austria
Dirección: Michael Haneke
Guión: Michael Haneke
Música: Franz Schubert, Ludwig Van Beethoven, Johann Sebastian Bach
Fotografía: Darius Khondji
Reparto: Jean-Louis Trintignant, Emmanuell Riva, Isabelle Huppert, William Shimell, Ramón Aguirre, Rita Blanco, Alezandre Tharaud

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Michael Haneke ya ha dicho en más de una ocasión que no pretende emitir ningún mensaje concreto en sus largometrajes, simplemente expone unos hechos que el espectador debe recoger, asimilar y juzgar. O lo que es lo mismo, crea una serie de ejemplos prácticos para que el individuo entrene en el difícil arte de la reflexión. Pero es innegable que este hombre, desde que fundó su filmografía a finales de los 80, parece demostrar con su maquiavélica personalidad que él es el gran sabio, y nosotros unos imberbes que no logramos arañar el verdadero significado del universo. Parece una crítica negativa, pero no lo es. Sólo impresiones sobre uno de esos artistas de tintero y bisturí. De esos que se llaman Tarkovsky, Bergman, Tarr o Lynch.

Tras varios años inquietando con perturbadoras narraciones, lo nuevo del austriaco se presenta con un título aparentemente pretencioso, pero que finalizado el largometraje toma un relevante significado. Amour.  El largometraje supone un cambio de registro para Haneke, ya que por primera vez toma como elemento motor de su cine los personajes -las personas-, en lugar de las ideas. Y parece que ésta modificación del producto le va a proporcionar el mayor éxito de su carrera. Más que La cinta blanca (2009) y aquel remake de Funny Games, que únicamente sirvió para, a posteriori, ser titular en quinielas de mayor repercusión mediática.

En este último trabajo se desarrolla la historia de Anne y Georges Lauren (Emmanuelle Riva y Jean Louis Trintignant), un matrimonio de octogenarios que conviven armoniosamente en un pequeño apartamento parisino. Una mañana, en pleno desayuno, ella se queda en blanco, paralizada, iniciándose una gradual degeneración propia de la vejez. Compone la estampa a partir de ese momento los distintos sufrimientos de Anne, Georges y su hija (Isabelle Huppert) que se pasea puntualmente por el hogar de sus padres para llorar y dar unos consejos tan obvios como inútiles.

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Transcurridos los primeros quince minutos -perturbando a partir de lo cotidiano de manera magistral- Haneke nos hará tragar sufrimiento a cuenta gotas, nos pisoteará el pecho y clavará nuestra alma al suelo hasta el final del metraje. Lo hará de manera gradual, sin efectismos, sin alarmarnos, subrayando su maestría a la hora de dirigir. Y lo hará sólo dentro de ese apartamento de París, en la intimidad de una casa cualquiera.

Sin embargo, Amour no es sólo Haneke, sino sus intérpretes. Riva y Truintignant prestan su complicidad en cada plano y expresan el amor sincero. Pero el amor no cómo sentimiento de locura, de éxtasis, color de tantas películas mediocres o medianas, sino el de estar aguantándose, e incluso de buena gana, más de medio siglo. El peso dramático reposa por completo sobre estos actores, quienes no dejan caer la intensidad del relato. Lo mejor de lo que llevamos de siglo.

Con este triángulo de artistas se va cerrando una obra atemporal en la que el espectador, por estoico que quiera presentarse, saldrá con el alma a rastras. Hacer maestra esta obra era una tarea complicada, pero Amour se convierte en el mejor trabajo de su autor. Ese afable austriaco cabrón.

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